lunes, 22 de febrero de 2021

La mudanza


Los últimos años junto a mi marido habían sido un infierno, palizas, insultos, humillaciones... Nunca creí que saldría de aquello, pero lo logré. Un día gris de mayo, tras una paliza que casi me mata, y que me tuvo en la UCI durante 5 días en estado de coma, consecuencia de un traumatismo craneoencefálico, y 3 costillas rotas.

 Lo que me hizo tomar la decisión definitiva de separarme de mi marido, tras despertar del coma, fueron las lágrimas de mi hija pequeña Noa, de cinco años. La pobre lloraba a los pies de la cama, mientras sus bracitos intentaban aferrarme a la vida. 

El mundo se me cayó encima y fue cuando comprendí que el amor no significaba sufrir vejaciones ni golpes. Comprendí que el amor verdadero no era sufrimiento sino paz, y mirando el afligido rostro de Alba, mi hija mayor de nueve años, vi la luz para salir del túnel, vi la salida al final de la tempestad, y brilló el sol.

Con el valor que nunca tuve, y que me dio mi familia, emprendí una nueva vida. Denuncié a ese cabrón y lo encerraron en la cárcel. Mi alma descansó al estar lejos de él, mis hijas y yo seríamos felices en otra nueva ciudad. Y allí, mirando las cuatro paredes que encerraba mi dolor, me liberé de todo. El camión de la mudanza esperaba fuera. Tampoco es que tuviese mucho que llevarme, aparte de un par de cajas y aquel viejo sofá tapizado en cuero, regalo de mi abuela.

Tras tantos años de batalla estaba estropeado, rasgado por varias partes, pero aún así merecía una segunda oportunidad. Observé como las niñas saltaban con entusiasmo sobre el sofá. En otras circunstancias les hubiese chillado, pero eran felices, y yo también. Así que dejé que saltasen una y otra vez mientras el tipo de la mudanza me miraba desconcertado.

-Señora me preguntó –¿Ese sofá también se lo lleva? 

Me giré hacia él, con cortesía. La paciencia del tipo me hizo sonreír de oreja a oreja.

-Si, por supuesto. Cárguelo al camión.

-Pero está para tirar -objetó este.

-¿Me está diciendo qué porque esté viejo no  vale ya?

El tipo pareció sentirse bastante incómodo ante mi comentario.

-Yo no he dicho eso, señora.

Miré a mis hijas una vez más, pletóricas, con vida.

Me sentí muy afortunada.

-Todos merecemos una segunda oportunidad -y agregué -y el sofá también -dije convencida de que ahora llegarían los mejores años por vivir, y aquel viejo sofá estaría conmigo.

 

 

 

 









 


 

#stopviolencia

By Annbel Soler



2 comentarios:

  1. Que bonita historia. Segundas oportunidades, claro que sí.

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  2. Buena historia como siempre erres una genial narradora te mando un beso

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