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El cómo, era un misterio para la pequeña aldea de Tanzanos situada al sureste de África.
Nadie sabía lo que había llevado a la joven Phoebe Cooper a viajar hasta allí, pero era un auténtico milagro que fuese la mejor doctora de todo el poblado.
Se comentaba que la joven se había unido a la ONG a causa de un desengaño amoroso, pero en realidad nadie supo sus verdaderos motivos.
Phoebe era muy reservada. Pero su carácter bonhomía había conquistado a todo aquel que la conocía. Phoebe era la persona más perseverante de la tierra, y eso había cautivado el corazón del ilustroso doctor Fhil, quien desde primera hora que ella llegó se sintió irremediablemente atraído por su belleza, morena, melena larga y ondulante, y ojos verdes y profundos.
Fhil estaba enamorado aunque no se atrevía a confesarselo. Hacía días que entre ellos hubo un leve acercamiento, pero unos extraños síntomas entre algunos aldeanos, pusieron en alerta a Phoebe.
Nunca había tratado a un paciente con esas reacciones alérgicas en su piel. Al parecer era contagioso. Recordó que su padre le había dado su viejo farmacopea cuando se licenció en la carrera, y que allí entre aquellas amarillentas hojas podía estar la cura a base de fármacos o hierbas naturales.
Trabajó duro, y milagrosamente dio con un remedio que funcionó contra esa alergia provocada por la picadura de una avispa.
Esa noche en su honor, el poblado celebró una gran fiesta, y Fhil por fin se atrevió a invitarla a bailar y ella aceptó. En el fondo Phoebe siempre había esperado que él diese el paso, pues de alguna manera le gustaba, y había empezado a sentir cierto sentimiento de amor.
La brisa de la noche de verano era cálida y agradable. Él se acercó con una bonita sonrisa.
-Enhorabuena doctora.
-Gracias, doctor Fhil.
Fhil la agarró de la cintura con suavidad, y ella se dejó llevar.
-Admito que nunca me deja de sorprender.
-¿Yo? -Se sorprendió con rubor.
-Sí, usted, su carácter bonhomía me ha cautivado, además de su gran talento.
Phoebe sonrió satisfecha.
-Usted tampoco está mal.
Fhil la miró soltando una suave carcajada. Phoebe se apoyó sobre su hombro mientras la música sonaba. Podía ser el comienzo de algo para recordar.
By Annbel Soler



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